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15 de Enero: La Batalla de Miraflores

La Batalla de Miraflores (15 de Enero de 1881) es uno de los episodios de la Guerra con Chile que nunca debemos olvidar. Vecinos de Miraflores y de Lima, pelearon como leones para defender sus hogares; un grupo de abogados, médicos, comerciantes, artesanos, estudiantes, ingenieros e inclusive extranjeros (sobretodo italianos) junto con lo que quedaba del ejercito peruano, mal armados pero con el valor en todo lo alto estuvieron a punto de vencer al chileno invasor (que venía en mayor número y mejor preparado). Cuando camines por las calles Ribeyro, Ugarriza, De la Colina, Tenaud, Casimiro Ulloa, Montero Rosas, De los Heros, De la Jara, Cavenecia, Badani, Chariarse, Terán, Lund, Vivanco, Amézaga, Dañino, Barrón, Torres Paz, Manuel Díaz, Seguín, Arrieta, Valle Riestra, Arias Aragüez, Lembcke o Delhorme recuerda a los héroes civiles que murieron por defender nuestra patria.

Un relato de la batalla descrita por Jorge Basadre:
Después de su victoria en San Juan, los chilenos tenían que romper esta segunda línea. Como ya se ha dicho, el tiroteo surgió inesperadamente. Poco después de las dos de la tarde, el general Baquedano, acompañado de un numeroso Estado Mayor, después de haber hecho la distribución de sus tropas y ordenado sus nuevas ubicaciones, efectuó un reconocimiento, y se colocó muy cerca de los reductos peruanos. Según algunos relatos, de las filas de las tropas invasoras salieron insultos dirigidos a sus adversarios. “creemos (dice el teniente de marina francés E. de León, agregado al Estado Mayor del ejército de Chile, en sus Recuerdos) que, como suele ocurrir generalmente en la guerra, la batalla se empeñó de un modo casual. El general Baquedano cometió la ligereza de acercarse a las líneas enemigas; uno de los generales se lo estaba advirtiendo en ese momento. La vista del numeroso grupo de oficiales debió tentar a algunos soldados (peruanos) o quién sabe si estos pensaron que aquello era un ataque, por lo demás, agrega de León, “aquel ejército no estaba en condiciones para emprender la ofensiva”.
En su conferencia con los miembros del cuerpo diplomático, el general Baquedano había declarado que no suspendería ni alteraría los movimientos que había ordenado en su ejército, entre los que estaba el relativo a las posiciones de la artillería.

EL ÉXITO PERUANO EN EL SECTOR DERECHO. La batalla se concentro, en realidad en los reductos 1,2 y 3, es decir en la derecha peruana. En este sector la lucha fue primero tan favorable a los defensores de Lima que la artillería de campaña chilena retrocedió y Cáceres se lanzó con los batallones Guarnición de Marina y Jauja al ataque, y en una segunda embestida, estuvo acompañado por los batallones concepción, Libertad y Paucarpata, y en ambas oportunidades obtuvo evidente éxito. Una parte de las tropas de Suárez lo acompañó en su segunda salida. Sin embargo, esta acción se frustró luego por la ausencia, muy criticada, de tropas de refuerzo se ha reiterado, por el lado peruano, que en esos momentos pudo haber se ganado la batalla. A eso de las cuatro de la tarde, el centro chileno estuvo en dificultades y su izquierda había sido contenida por la derecha peruana apoyada en los reductos 1 y 2.
“La situación es bastante grave (dice el teniente francés de León ya citado, al narrar los sucesos por el lado chileno) para que el comandante de artillería, inquietándose por los numerosos vacíos que notaba en sus filas y testigo de las vacilaciones de la infantería, tema por sus piezas y ordene transportarlas a ‘l .500 metros a retaguardia, preparándose así para proteger una retirada que le parece inminente. Los dos batallones de infantería Melipilla y Artillería de Marina, apoyándose demasiado a la derecha detrás de la línea, se extravían en os zigzags del camino, no llegando sino en la noche a la altura de la izquierda peruana. La brigada Gana, lista en Chorrillos esperaba órdenes. La brigada Barbosa se dirige oblicuamente por la línea hasta Valverde, para oponerse a los ataques de flanco de las fuerzas colocadas entre esta aldea y Monterrico Chico. Pero el camino por recorrer es demasiado argo. Aquel día, los regimientos estuvieron muy lejos de presentar la misma cohesión que el día13.El llano estaba lleno de soldados sueltos que se reunían, pero sin apresurarse, a sus cuerpos que se estaban batiendo. Notamos un buen número descansando detrás de las cercas, al abrigo de las balas y del sol. Muchos buscaban qué beber en las tiendas que los oficiales habían abandonado precipitadamente. La vista de algunos soldados ebrios, armados y a veces imprudentes nos obligaron a apresurar nuestras cabalgaduras cansadas, para acercarnos al lugar de a pelea. Al desmembramiento de las tropas se debe el gran número de bajas entre los oficiales, pues tenían estos que ponerse al frente para arrastrar a los soldados agrupados sin orden y pertenecientes a distintas compañías.
LA INACCIÓN DE LA IZQUIERDA PERUANA. Si el centro y la izquierda chilenos pasaron por momentos críticos y estuvieron dispersos y desordenados, era precisamente en su ala derecha donde los invasores eran más débiles. Elocuente testimonio acerca de esta situación ofrece la carta política de Manuel José Vicuña a Adolfo Ibáñez publicada en Lima en un folleto el año 1881. Para él los peruanos rompieron los fuegos por la izquierda chilena para llamar la atención sobre ese lado y envolver en seguida a los invasores por la derecha, flanqueándolos y hasta tomándolos por la retaguardia. Vicuña llegó a afirmar que él pudo ver como se iniciaba el movimiento envolvente de once batallones peruanos por la derecha chilena; si bien lo detuvieron los fuegos de cuatrocientos o quinientos dispersos desde una arboleda y los carabineros de Yungay cuya presencia pareció indicar que ya esa ala de los invasores estaba reforzada o cubierta.”Estos son los once batallones (expresó Vicuña) de que hablan los peruanos que no dispararon un solo tiro, quejándose de Piérola por no haberlos mandado reforzar la derecha de ellos que combatían con nuestra izquierda. Suponían probablemente que el objetivo de Piérola era ese costado de nuestra línea y no envolverlos por la derecha mientras nos entretenía con la sorpresa de la izquierda, cuya combinación más clara que la luz del día le habria dado brillantes resultados si sus once batallones hubieran tenido el suficiente valor para levarlo a cabo, no deteniéndose delante de quinientos dispersos y doscientos carabineros de Yungay. Figúrese, amigo Ibáñez, lo que habría pasado si, mientras el coronel Lagos estaba apurado por la izquierda, en medio de la confusión y el desorden producidos por a sorpresa, hubieran aparecido esos once batallones por retaguardia envolviendo en su círculo al genera en jefe con todo su Estado Mayor; a los doscientos oficiales que cruzaban en todas direcciones buscando sus cuerpos, comunicando órdenes y recogiendo dispersos; a la artillería colocada en distantes potreros, sin infantería que la protegiera, a la caballería atascada en callejones estrechos, a las piaras de mulas conduciendo municiones y, en fin, a más de mil quinientos soldados, sin armas, con todas las trazas de la borrachera de Chorrillos y que envueltos y confundidos con una multitud de paisanos y mujeres, vagaban por potreros, callejones y caminos, aumentando el laberinto y formando el desaliento con relaciones falsas para disculpar su ausencia de las filas, ayudados todavía por las alharacas de las mujeres que recibían a los heridos salidos de la línea con mil aspavientos de alarma, miedo y terror. La avería estaba pintada, la derrota en la atmósfera, y en la imaginación de todos el recuerdo del desastre de Tarapacá”.

Batalla de MirafloresManuel José Vicuña sobreestima el talento estratégico y táctico de Piero a al hacer toda esta relación. Fuentes peruanas de carácter oficial y no oficial desmienten rotundamente su relato acerca del avance de los once batallones peruanos de la izquierda. Si el surgimiento de la batalla provino de un hecho inesperado y no de un plan de los defensores de Miraflores como él cree, estos tuvieron que pasar por un proceso de sorpresa y desorientación análogo al de sus adversarios. De todos modos, las revelaciones del político chileno confirman los gravísimos momentos por los que pasaron los vencedores de San Juan. Da la impresión de que, como en ninguna de las grandes batallas de esta guerra, estuvieron tan cerca del desastre. Lo que parece, sin embargo, dudoso es que aquellos once batallones hubiesen estado en condiciones de haber hecho el movimiento envolvente y de flanqueo cuya concepción pareció a Ibáñez “más clara que la luz de día”.

LO QUE NO HIZO EL COMANDO PERUANO. En todo caso Ulloa Cisneros resume el punto de vista de actores y testigos peruanos, cuando afirma, al referirse a los defensores de los reductos 1 a 4, en Lo que yo vi: “Si hubieran recibido tropas de refuerzo; si hubieran habido municiones en abundancia; si quienes tenían el mando superior de las tropas tendidas entre Vásquez, Quiroz y La Perales hubieran tenido un momento de inspiración, si estas hubieran acudido, parte a sostener nuestra línea desfalleciente y parte a tomar a los chilenos por el flanco cortando en a dirección de Surco, es evidente que habríamos dormido esa noche en las formidables posiciones…”.
La aseveración comúnmente repetida entre los peruanos de que no hubo ordenes para apoyar el ataque se haya desmentida por el parte de subjefe de Estado Mayor, mayor Ambrosio J. de Valle cuando afirma que, por disposición del general Pedro Silva, su superior inmediato, él fue a solicitar refuerzos al coronel Justo Pastor Dávila y no encontró en su puesto a la caballería; solo halló a la escota del Dictador cuyos soldados estaban beodos. La escolta se dispersó.

LA DERROTA. Las fuerzas de Lagos, convenientemente reforzadas, llegaron poco después de las cuatro de la tarde, a sumar unos 8.000 hombres para atacar la zona situada desde el borde del barranco que da al mar hasta algo más al este de la vía férrea, o sea poco más de 2.000 metros, lo cual daba lugar a una gran densidad de tropas atacantes contra defensores menos numerosos, fatigados y diezmados por sus salidas y por haber sostenido hora y media de combate. Los disparos de los buques chilenos y de la artillería tuvieron entonces también efectos muy importantes.
La dispersión, entre los peruanos, comenzó en los restos del ejército de línea colocados entre los reductos 1 y 2, a los que siguieron los soldados que estaban entre los reductos 2 y 3, más o menos a las cinco de la tarde. Se ha dicho que en este desbande influyó la falta de municiones o la llegada de las que no eran utilizables para sus tipos de fusiles. La defensa quedo entonces exclusivamente a cargo de los batallones de Reserva que, con unos 2.500 hombres, ocupaban los reductos envueltos por la lucha, y afrontaron los ataques del enemigo y los fuegos de la escuadra. Su resistencia se prolongó hasta, más o menos, las seis de la tarde. Los reductos 2 y 3 fueron flanqueados después de ocupar los chilenos el reducto l, el primero de ellos por le derecha y el segundo por la izquierda. El general José R. Pizarro, sobreviviente de la batalla, expresó en una conferencia que dio sobre ella:”Todas las columnas de ataque, sin preocuparse absolutamente de los reductos, penetraron por los intervalos obligando a los defensores de las obras por este solo movimiento, a evacuarlas”. Los reductos 4 y 5 fueron tomados desde la retaguardia. Las últimas unidades en combatir fueron los cuatro batallones 2, 4, 6 y Guardia Chalaca que era la reserva de Callao mandada por Carlos Arrieta, muerto en la lucha y, en menor escala, los batallones 8 y 10. Entre las tropas que habían estado en los reductos 1 y 2 hallábase el batallón Guarnición de Marina al mando del capitán de navío Juan Fanning que, junto con los batallones de línea Lima Nº 61 y Guardia Chalaca, hizo retroceder constantemente al enemigo y quedó casi aniquilado, pues de 500 plazas y 30oficiales, quedaron en el campo 400 soldados y 24 oficiales, incluso su heroico jefe.
Las cifras relativas a los contingentes del ejército de reserva que entró a la lucha son elevadas por algunos cálculos, como se ha dicho, al 2500 hombres y las del ejército activo que también participó en ella, a 3 000.
Las perdidas totales de los peruanos han sido calculadas en 3.000. Los chilenos confesaron 2.124 bajas o sea del más de 25% de los participantes en esta jornada; entre ellos se contaron 304 jefes y oficiales.
Así mismo, declararon que, con excepción de la de Tarapacá, la de Miraflores fue la más sangrienta, encarnizada y tenaz de la guerra, a pesar de haber tenido una duración más corta que la de San Juan y de haber participado un número menor de combatientes.
La defensa peruana cayó, pues por tramos y el ejército chileno se apoyó también en los fuegos de la escuadra. Poco después de las seis de a tarde, después de cuatro horas, la lucha había concluido. “De toda la reserva no había peleado sino una división y sin embargo había contenido al enemigo durante más de una hora ella sola. De 8000 hombres no habían peleado sino 1.500: once batallones no habían hecho un solo tiro” (Ulloa). Alude a los cuerpos situados en Vásquez y a los que estaban cerca de Lima y en el sector de la Rinconada, precisamente a lado de la derecha chilena.

Pasamos varios fuertes, en los cuales sólo quedaba el repaso de los soldados. Al cholo que encontrabamos vivo lo mataban sin pérdida de tiempo…Por las partes donde yo pasé, encontré pocos cholos muertos, mezclados con italianos. Nuestros soldados le daban balazos y bayonetazos y después los registraban…El pueblo de Miraflores también fue saqueado, como Chorrillos y Barrancas…Como a las 8am, o menos, había llegado de Lima una locomotora con dos banderas blancas…Gran curiosidad había por conocer el resultado de esta nueva comisión. El pensamiento dominante era entrar a Lima por medio de las armas y no por la paz.

soldado chileno Justo Abel Rosales. 15 y 16 de enero de 1881
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130 años de la batalla de Tarapacá, victoria peruana


Batalla de Tarapacá. La vanguardia al mando del coronel Justo Pastor Dávila y la primera división con el coronel Alejandro Herrera (formada por los batallones Cazadores del Cuzco y Cazadores de la Guardia) marcharon el 26 de noviembre de Tarapacá al punto llamado Pachica distante 3 leguas, en vista de las estrecheces encontradas en la aldea. Quedaron allí la división mandada por Andrés A. Cáceres compuesta de dos batallones llamados Dos de Mayo y Zepita, cuya tropa era oriunda del Cuzco y Ayacucho; la división de Francisco Bolognesi con los batallones Guardias de Arequipa y 4º de Ayacucho, los restos de la división de Exploradores y la división llegada de Iquique de la que formaba parte la columna Loa compuesta por obreros bolivianos de las salitreras, más lo que quedaba de os artilleros con su comandante general, coronel Emilio Castañón, desprovistos de sus armas.

El general chileno Escala, después de vacilar durante algunos días, despachó fuerzas cuidadosamente seleccionadas contra el enemigo en retirada, con el propósito de interceptarlo y dispersarlo. Las mandaba el genera Luis Arteaga a quien acompañaba el teniente coronel José Francisco Vergara. Eran más de 2 500 hombres de infantería seleccionados, 150 de caballería y 150 de artillería con diez cañones de campaña de largo alcance entre los que había seis piezas Krupp de montaña. La infantería estaba bajo las órdenes del comandante Eleuterio Ramírez. Los soldados llevaban sus morrales repletos de municiones y tanto en ellos como en sus jefes bullía un ánimo ansioso y alegre como si se dirigieran a una fiesta.

Situado en las alturas que dominaban el pueblo, el ejército chileno intentó copar y exterminar a los peruanos allí reunidos. Contaba no solo con su propia fuerza sino, además con la sorpresa de su embestida, con los efectos de la batalla de San Francisco sobre los peruanos y con la desfavorable situación de ellos, sumidos como estaban en un “ataúd de piedra”.

Para atacar se agrupó en tres divisiones. A la derecha, a cargo de Eleuterio Ramírez, correspondió atacar de frente; la izquierda, teniendo como jefe al teniente coronel Ricardo Santa Cruz, debía cortar la retirada; al centro, cuya responsabilidad asumió el mismo Arteaga, se le encomendó la misión de descender sobre Tarapacá y atacar de flanco Un espía, antiguo minero, había dado informes detallados sobre la situación del adversario.

A eso de las ocho de la mañana de 27 de noviembre llegó al campamento peruano la noticia del avance de los chilenos en considerable número. Se tocó llamada y aún no estaba formada la tropa cuando aparecieron por las alturas algunos jinetes haciendo señas para que fueran a su encuentro.

El Zepita y el Dos de Mayo, bajo las órdenes de Cáceres, comenzaron a las ocho y media de la mañana a trepar en dirección a la cumbre de la quebrada y se enfrentaron a la división de Santa Cruz. Otra división, encomendada a Francisco Bolognesi, fue destinada a proteger al lado contrario. Buendía y Suárez quedaron para resistir el ataque sobre la aldea de Tarapacá. Los cuzqueños y ayacuchanos de Zepita y del Dos de Mayo llegaron a la cumbre en media hora y allí prosiguieron a lucha en la que murieron el teniente coronel Juan Bautista Zubiaga, pariente de la Mariscala, y el coronel Manuel Suárez, también cuzqueño, relacionado con el famoso hombre de estado. Juan Manuel del Mar. En vano Santa Cruz resistió cuanto pudo y en vano acudió en su auxilio la división del centro con Arteaga. Tuvieron que retirarse, a pesar de haber contado con cuatro cañones Krupp y cuatro ametralladoras que fueron capturados por los peruanos.
No sólo escaló la cima del cerro la división Cáceres. No sólo combatió en la cima que presentaba la extensión de una pampa ocupada en sus diferentes puntos por el adversario favorecido por la artillería. Resistió cuando este llegó a ser reforzado por la caballería y dos columnas de infantería y cuando se le agotaron las municiones. Se proveyó de armas y pertrechos enemigos. Emprendió otro ataque y consiguió hacerlos retroceder hasta gran distancia. En este empuje Cáceres estuvo acompañado por la guardia nacional de Iquique, encabezada por el coronel Alfonso Ugarte y por la columna naval, compuesta por marinos. Con nuevos refuerzos comandados por Belisario Suárez la victoria se hizo completa. Los dos últimos cañones tomados fueron puestos en condición de disparar y llegaron a lanzar varios tiros

Bolognesi (que estaba en cama enfermo y se levantó de ella para combatir) había recibido la orden de tomar, con su decisión, las alturas opuestas a las que ocupaba el enemigo al empezar la lucha. Trabó lucha con tropas que avanzaban por ese sector y se posesionaron de casas, tapias y matorrales. Cuando se prendió fuego a unas habitaciones, salieron los enemigos de sus atrincheramientos en fuga. Fue allí cuando el soldado Mariano de los Santos, oriundo de Urcos, arrancó con sus manos la bandera del 2º de línea. Pertenecía Santos a la primera compañía de Guardias de Arequipa. A las tres y treinta de la tarde Bolognesi contramarchaba hacia la población y recibía la orden de ir a las alturas que la dominan En ella también se combatió sin tregua.

Cuando la lucha todavía proseguía llegaron las tropas de la vanguardia peruana y la primera división que eran unos 1.400 hombres que estaban en Pachica y a la que se había mandado avisar. Entre ellos estaban los batallones de cabitos.
Este refuerzo ratificó la victoria. Arteaga ordenó la retirada general.
El fuego cesó más o menos a las cinco y media de la tarde.
Se había peleado durante cerca de nueve horas. Los peruanos reconocieron en sus documentos oficiales haber tenido 236 muertos, 261 heridos y 76 dispersos, y orgullosos contaron cuatro cañones y cuatro obuses capturados, un estandarte, varias banderas y alrededor de 60 prisioneros, entre ellos una cantinera. Habían combatido a base de esfuerzo personal y habían hecho fuego en la etapa final de la batalla con armas y municiones de los muertos y heridos enemigos. Entre las bajas chilenas (calculadas en 516 muertos y 176 heridos según fuentes de ese origen) estaban los dos primeros jefes de 2º de línea Eleuterio Ramírez y Bartolomé Vivar. A raíz de la derrota, Vergara se retiró del ejército y de la guerra.

Salvó a los vencidos la falta de caballería y la escasez de municiones de los peruanos

Acerca de significado que tuvo a batalla, habla con elocuencia la orden general que dos días después publicó el Estado Mayor. Dice así: Art. 1º Su Señoría, el general de división y jefe del ejército, aprovecha este día en que lo permite el descanso, para tributar a las fuerzas de su mando el aplauso y la acción de gracias que la nación y él mismo les deben por su brillante comportamiento en la batalla de 27 próximo pasado noviembre y no puede menos que recordar, para que quede consignada entre las más honrosas páginas de nuestra historia militar que después de un movimiento penosísimo, faltos de todo recurso, solo con columnas de infantería, los valientes que componen las seis divisiones han arrojado un ejército de las tres armas de inexpugnables posiciones, quitándole su artillería, dispersando sus escuadrones y obligándole a emprender una fuga desastrosa. Espera su señoría que este acto de justicia sirva al ejército, no de estímulo porque no ha de menester otro que su honor, su patriotismo y su valor probado, sino de testimonio de que el país y los jefes superiores no son indiferentes a sus méritos”.

En efecto, el gran héroe de Tarapacá fue e soldado peruano anónimo. En los nichos y placas murales de la cripta erigida en el cementerio de Lima lo representan el corneta Mariano Mamani
y el soldado Manuel Condori. Dice una relación de la época: ‘Sorprendido por el enemigo cuando menos lo esperaba, casi encerrado en un foso sin salida y cuando por excepcionales circunstancias del momento, así materiales como morales, debía encontrarse tan débil de ánimo como de cuerpo, supo (el soldado) no solamente salir del foso para ponerse frente a enemigo
que lo dominaba y fusilaba a discreción, sino también combatir valerosamente durante largas horas y conseguir una victoria tan espléndida como inesperada. Para obtener todo aquello no
pudo contar más que con su valor personal sostenido apenas por el ejemplo y la voz de un pequeño número de buenos oficiales. Sin artillería y sin caballería de que el enemigo estaba abundantemente provisto, sin plan de batalla y sin hallarse confortado por alimentos buenos y suficientes (habiendo sido sorprendido mientras se estaba preparando el mezquino rancho, al cual
estaba reducido desde algún tiempo) el soldado peruano se adelantó intrépido y resuelto contra el enemigo, lo fue a buscar hasta dentro de sus mismas posiciones que estaban defendidas
por diez buenos cañones y por las bien aprovechadas asperezas del suelo; y luchando cuerpo a cuerpo, en un encarnizado combate varias veces suspendido para tornar aliento y volverlo a empeñar cada vez con vigor siempre creciente, le tomó sus cañones y sus banderas, lo desalojó de sus posiciones y lo hizo retroceder varias millas en completa derrota”.

Muchos fueron los que se distinguieron en esta batalla, empezando por el jefe de Estado Mayor, corone Belisario Suárez. La segunda división, al mando de Cáceres, inicio el ataque, el batallón Zepita tomó varios cañones y otros el Dos de Mayo, murieron, como queda dicho, el primer jefe del Zepita, coronel Manuel Suárez y el segundo del Dos de Mayo, teniente coronel Juan Bautista Zubiaga. Otro de los muertos fue José Miguel de los Rios, natura de Lampa, que había tenido bajo sus órdenes a la división que se retiró desde Iquique a Tarapacá y llegó a ese pueblo el 26 de noviembre; Ríos fue herido varias veces y siguió en el combate y murió. Mandaba la tercera división el coronel Francisco Bolognesi; de esta división formaba parte el batallón Guardias de Arequipa, uno de cuyos soldados, Mariano de los Santos, capturó como se ha referido el estandarte enemigo del 2º de línea. Así como el Zepita y el Dos de Mayo lucharon contra la artillería, los guardias nacionales de Iquique y los bolivianos de la columna Loa dispersaron la caballería. Cuando ayudaba a la división Cáceres, fue herido en a cabeza el jefe del batallón Iquique Nº 1, el acaudalado joven tarapaqueño Alfonso Ugarte; y continuó, no obstante, alentando a su tropa. En brazos de su hermano Andrés, murió el capitán Juan Cáceres. El teniente coronel Isaac Recavarren, el defensor de Pisagua, jefe de Estado Mayor de la 2ª División, estuvo en muchas partes del combate y quedó herido en una mano.

Las tropas peruanas hicieron uso, como ya se anotó, de las armas y de las municiones tomadas al enemigo sobre su propio campo y muchas veces la lucha fue cuerpo a cuerpo y en ella también fue suya la victoria.



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