Archive for noviembre, 2009

130 años de la batalla de Tarapacá, victoria peruana


Batalla de Tarapacá. La vanguardia al mando del coronel Justo Pastor Dávila y la primera división con el coronel Alejandro Herrera (formada por los batallones Cazadores del Cuzco y Cazadores de la Guardia) marcharon el 26 de noviembre de Tarapacá al punto llamado Pachica distante 3 leguas, en vista de las estrecheces encontradas en la aldea. Quedaron allí la división mandada por Andrés A. Cáceres compuesta de dos batallones llamados Dos de Mayo y Zepita, cuya tropa era oriunda del Cuzco y Ayacucho; la división de Francisco Bolognesi con los batallones Guardias de Arequipa y 4º de Ayacucho, los restos de la división de Exploradores y la división llegada de Iquique de la que formaba parte la columna Loa compuesta por obreros bolivianos de las salitreras, más lo que quedaba de os artilleros con su comandante general, coronel Emilio Castañón, desprovistos de sus armas.

El general chileno Escala, después de vacilar durante algunos días, despachó fuerzas cuidadosamente seleccionadas contra el enemigo en retirada, con el propósito de interceptarlo y dispersarlo. Las mandaba el genera Luis Arteaga a quien acompañaba el teniente coronel José Francisco Vergara. Eran más de 2 500 hombres de infantería seleccionados, 150 de caballería y 150 de artillería con diez cañones de campaña de largo alcance entre los que había seis piezas Krupp de montaña. La infantería estaba bajo las órdenes del comandante Eleuterio Ramírez. Los soldados llevaban sus morrales repletos de municiones y tanto en ellos como en sus jefes bullía un ánimo ansioso y alegre como si se dirigieran a una fiesta.

Situado en las alturas que dominaban el pueblo, el ejército chileno intentó copar y exterminar a los peruanos allí reunidos. Contaba no solo con su propia fuerza sino, además con la sorpresa de su embestida, con los efectos de la batalla de San Francisco sobre los peruanos y con la desfavorable situación de ellos, sumidos como estaban en un “ataúd de piedra”.

Para atacar se agrupó en tres divisiones. A la derecha, a cargo de Eleuterio Ramírez, correspondió atacar de frente; la izquierda, teniendo como jefe al teniente coronel Ricardo Santa Cruz, debía cortar la retirada; al centro, cuya responsabilidad asumió el mismo Arteaga, se le encomendó la misión de descender sobre Tarapacá y atacar de flanco Un espía, antiguo minero, había dado informes detallados sobre la situación del adversario.

A eso de las ocho de la mañana de 27 de noviembre llegó al campamento peruano la noticia del avance de los chilenos en considerable número. Se tocó llamada y aún no estaba formada la tropa cuando aparecieron por las alturas algunos jinetes haciendo señas para que fueran a su encuentro.

El Zepita y el Dos de Mayo, bajo las órdenes de Cáceres, comenzaron a las ocho y media de la mañana a trepar en dirección a la cumbre de la quebrada y se enfrentaron a la división de Santa Cruz. Otra división, encomendada a Francisco Bolognesi, fue destinada a proteger al lado contrario. Buendía y Suárez quedaron para resistir el ataque sobre la aldea de Tarapacá. Los cuzqueños y ayacuchanos de Zepita y del Dos de Mayo llegaron a la cumbre en media hora y allí prosiguieron a lucha en la que murieron el teniente coronel Juan Bautista Zubiaga, pariente de la Mariscala, y el coronel Manuel Suárez, también cuzqueño, relacionado con el famoso hombre de estado. Juan Manuel del Mar. En vano Santa Cruz resistió cuanto pudo y en vano acudió en su auxilio la división del centro con Arteaga. Tuvieron que retirarse, a pesar de haber contado con cuatro cañones Krupp y cuatro ametralladoras que fueron capturados por los peruanos.
No sólo escaló la cima del cerro la división Cáceres. No sólo combatió en la cima que presentaba la extensión de una pampa ocupada en sus diferentes puntos por el adversario favorecido por la artillería. Resistió cuando este llegó a ser reforzado por la caballería y dos columnas de infantería y cuando se le agotaron las municiones. Se proveyó de armas y pertrechos enemigos. Emprendió otro ataque y consiguió hacerlos retroceder hasta gran distancia. En este empuje Cáceres estuvo acompañado por la guardia nacional de Iquique, encabezada por el coronel Alfonso Ugarte y por la columna naval, compuesta por marinos. Con nuevos refuerzos comandados por Belisario Suárez la victoria se hizo completa. Los dos últimos cañones tomados fueron puestos en condición de disparar y llegaron a lanzar varios tiros

Bolognesi (que estaba en cama enfermo y se levantó de ella para combatir) había recibido la orden de tomar, con su decisión, las alturas opuestas a las que ocupaba el enemigo al empezar la lucha. Trabó lucha con tropas que avanzaban por ese sector y se posesionaron de casas, tapias y matorrales. Cuando se prendió fuego a unas habitaciones, salieron los enemigos de sus atrincheramientos en fuga. Fue allí cuando el soldado Mariano de los Santos, oriundo de Urcos, arrancó con sus manos la bandera del 2º de línea. Pertenecía Santos a la primera compañía de Guardias de Arequipa. A las tres y treinta de la tarde Bolognesi contramarchaba hacia la población y recibía la orden de ir a las alturas que la dominan En ella también se combatió sin tregua.

Cuando la lucha todavía proseguía llegaron las tropas de la vanguardia peruana y la primera división que eran unos 1.400 hombres que estaban en Pachica y a la que se había mandado avisar. Entre ellos estaban los batallones de cabitos.
Este refuerzo ratificó la victoria. Arteaga ordenó la retirada general.
El fuego cesó más o menos a las cinco y media de la tarde.
Se había peleado durante cerca de nueve horas. Los peruanos reconocieron en sus documentos oficiales haber tenido 236 muertos, 261 heridos y 76 dispersos, y orgullosos contaron cuatro cañones y cuatro obuses capturados, un estandarte, varias banderas y alrededor de 60 prisioneros, entre ellos una cantinera. Habían combatido a base de esfuerzo personal y habían hecho fuego en la etapa final de la batalla con armas y municiones de los muertos y heridos enemigos. Entre las bajas chilenas (calculadas en 516 muertos y 176 heridos según fuentes de ese origen) estaban los dos primeros jefes de 2º de línea Eleuterio Ramírez y Bartolomé Vivar. A raíz de la derrota, Vergara se retiró del ejército y de la guerra.

Salvó a los vencidos la falta de caballería y la escasez de municiones de los peruanos

Acerca de significado que tuvo a batalla, habla con elocuencia la orden general que dos días después publicó el Estado Mayor. Dice así: Art. 1º Su Señoría, el general de división y jefe del ejército, aprovecha este día en que lo permite el descanso, para tributar a las fuerzas de su mando el aplauso y la acción de gracias que la nación y él mismo les deben por su brillante comportamiento en la batalla de 27 próximo pasado noviembre y no puede menos que recordar, para que quede consignada entre las más honrosas páginas de nuestra historia militar que después de un movimiento penosísimo, faltos de todo recurso, solo con columnas de infantería, los valientes que componen las seis divisiones han arrojado un ejército de las tres armas de inexpugnables posiciones, quitándole su artillería, dispersando sus escuadrones y obligándole a emprender una fuga desastrosa. Espera su señoría que este acto de justicia sirva al ejército, no de estímulo porque no ha de menester otro que su honor, su patriotismo y su valor probado, sino de testimonio de que el país y los jefes superiores no son indiferentes a sus méritos”.

En efecto, el gran héroe de Tarapacá fue e soldado peruano anónimo. En los nichos y placas murales de la cripta erigida en el cementerio de Lima lo representan el corneta Mariano Mamani
y el soldado Manuel Condori. Dice una relación de la época: ‘Sorprendido por el enemigo cuando menos lo esperaba, casi encerrado en un foso sin salida y cuando por excepcionales circunstancias del momento, así materiales como morales, debía encontrarse tan débil de ánimo como de cuerpo, supo (el soldado) no solamente salir del foso para ponerse frente a enemigo
que lo dominaba y fusilaba a discreción, sino también combatir valerosamente durante largas horas y conseguir una victoria tan espléndida como inesperada. Para obtener todo aquello no
pudo contar más que con su valor personal sostenido apenas por el ejemplo y la voz de un pequeño número de buenos oficiales. Sin artillería y sin caballería de que el enemigo estaba abundantemente provisto, sin plan de batalla y sin hallarse confortado por alimentos buenos y suficientes (habiendo sido sorprendido mientras se estaba preparando el mezquino rancho, al cual
estaba reducido desde algún tiempo) el soldado peruano se adelantó intrépido y resuelto contra el enemigo, lo fue a buscar hasta dentro de sus mismas posiciones que estaban defendidas
por diez buenos cañones y por las bien aprovechadas asperezas del suelo; y luchando cuerpo a cuerpo, en un encarnizado combate varias veces suspendido para tornar aliento y volverlo a empeñar cada vez con vigor siempre creciente, le tomó sus cañones y sus banderas, lo desalojó de sus posiciones y lo hizo retroceder varias millas en completa derrota”.

Muchos fueron los que se distinguieron en esta batalla, empezando por el jefe de Estado Mayor, corone Belisario Suárez. La segunda división, al mando de Cáceres, inicio el ataque, el batallón Zepita tomó varios cañones y otros el Dos de Mayo, murieron, como queda dicho, el primer jefe del Zepita, coronel Manuel Suárez y el segundo del Dos de Mayo, teniente coronel Juan Bautista Zubiaga. Otro de los muertos fue José Miguel de los Rios, natura de Lampa, que había tenido bajo sus órdenes a la división que se retiró desde Iquique a Tarapacá y llegó a ese pueblo el 26 de noviembre; Ríos fue herido varias veces y siguió en el combate y murió. Mandaba la tercera división el coronel Francisco Bolognesi; de esta división formaba parte el batallón Guardias de Arequipa, uno de cuyos soldados, Mariano de los Santos, capturó como se ha referido el estandarte enemigo del 2º de línea. Así como el Zepita y el Dos de Mayo lucharon contra la artillería, los guardias nacionales de Iquique y los bolivianos de la columna Loa dispersaron la caballería. Cuando ayudaba a la división Cáceres, fue herido en a cabeza el jefe del batallón Iquique Nº 1, el acaudalado joven tarapaqueño Alfonso Ugarte; y continuó, no obstante, alentando a su tropa. En brazos de su hermano Andrés, murió el capitán Juan Cáceres. El teniente coronel Isaac Recavarren, el defensor de Pisagua, jefe de Estado Mayor de la 2ª División, estuvo en muchas partes del combate y quedó herido en una mano.

Las tropas peruanas hicieron uso, como ya se anotó, de las armas y de las municiones tomadas al enemigo sobre su propio campo y muchas veces la lucha fue cuerpo a cuerpo y en ella también fue suya la victoria.



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César Hildebrant analiza el escenario para el 2011

Lo que no está en duda es que, si las cosas continúan su actual tendencia, el próximo gobierno del Perú volverá a estar en manos del conservadurismo. Queda por saber si esta vez nos tocará el centro-derecha o la derecha pura y dura.

En el centro-derecha pragmático están Luis Castañeda Lossio y Lourdes Flores.

Un gobierno de Castañeda sería lo más próximo al odriismo, aquella formación personalista que sembró de obra física el Perú con la bonanza del precio del cobre por la guerra de Corea.

Castañeda y Odría tienen en común su lejanía de las ideas, su amor por el hormigón y una vena popular que sintoniza con el asistencialismo y una cierta eficacia en la gestión de los recursos.

Lourdes Flores podría dar un paso al costado, pero lo más probable es que reincida en una candidatura varias veces malograda.

Lourdes viene del centro-derecha institucionalista y democrático con casa matriz en la Alemania de Konrad Adenauer. La sucursal chilena de esa corriente, sin embargo, apoyó el golpe de Estado de Pinochet, con lo que vació de contenido la idea de una democracia cristiana reflexiva y centrada.

El problema de Lourdes no es el programa, en el que siempre abunda. El problema es que en un país de caudillos y machomanes una mujer que propone políticas de consenso parece una rara avis.

Y si su idea del liderazgo sigue siendo la de no ser explícita y clara en lo esencial, entonces será fácil que otro García la arrincone como la candidata de los ricos. En todo caso, está allí y es una carta. A menos que Cataño se entrometa con algún expediente.

Keiko Fujimori es la derecha pura y dura y encarna una vieja tradición de autoritarismo y corrupción. Keiko hasta puede creer que esa “herencia” viene de su padre, pero no es así.

Su padre –es cierto- elevó ese estilo a las alturas de las Torres Petronas, pero fue el enésimo episodio de un modo de entender el Estado como botín, la nación como víctima y el presupuesto como gran almacén.

Todo empezó cuando la recién fundada República del Perú derogó, en 1826, la llamada “alcabala de cabezón”, un impuesto que gravaba las tierras sin cultivar y que los dueños del Perú contaban por miles de hectáreas. Con ese acto de encomenderos pasados por conveniencia a las filas de la independencia empieza la historia de la gran corrupción en el Perú.

Siguió luego con el robo de las tierras comunales a manos de un ejército de criollos y notarios que fraguaron escrituras e interpretaron a su modo las leyes dadas por Bolívar (1824) y La Mar (1829).

No es calumnioso decir que la República peruana fue, en lo que a propiedad agraria se refiere, una sucesión de despojos que encontró su cima en las leyes de Enjuiciamiento y de Procedimientos Civiles de 1852, usadas como arma letal –nos lo recuerda Emilio Romero- en contra de la propiedad comunal y en favor de la oligarquía latifundista.

Inclusive la abolición de la esclavitud fue un capítulo manchado. En efecto, el decreto original lo dictó el muy corrupto presidente José Rufino Echenique. Ese decreto se publicó el 19 de noviembre de 1854.

Enterado de eso, el jefe de la revuelta que jaqueaba al gobierno, es decir Ramón Castilla, publicó el 3 de diciembre de ese mismo año de 1854 otro decreto abolicionista pero en versión mejorada: los negros serían libres sin necesidad de pasar por el servicio militar y las indemnizaciones a sus amos serían inmediatas y no requerirían de mayores trámites.

Dejamos de tener esclavos negros a partir, entonces, del astuto oportunismo de dos bandos enfrentados en guerra.

No es en una columna sino en varios tomos donde cabría apenas la historia trenzada de la rapiña y la clase dominante peruana.

Bastaría con recordar que buena parte de la riqueza guanera -19’154,200 pesos- sirvió como repartija de malandrines entre quienes, gracias a Echenique, “demostraron”, con una “declaración jurada de testigos” como único requisito, que el Estado les debía plata por los servicios prestados a la patria en la guerra de la independencia (¡guerra en la que muchos de estos parásitos ni siquiera habían peleado!)

La instalación de Keiko en Palacio sería no sólo la continuidad de esta vieja historia sino el premio que el país le daría, como indemnización guanera, a quien hizo lo posible para disolvernos como entidad civilizada.

Porque elegir a Keiko sería elegir a su padre. Y junto a su padre volverían las oscuras golondrinas de aquel decenio deshonroso.

¿Cómo miraría el mundo a un país que le entrega la presidencia a una señora cuyo programa máximo consiste en liberar a su padre, condenado por homicidio y masiva corrupción?

Si las cosas siguieran como ahora, está claro que Ollanta Humala, subestimado por las encuestas, podría bordear un 20 por ciento de votos, porcentaje nada desdeñable en relación al Congreso pero insuficiente para pasar a la segunda vuelta. Y si lograse pasar, todas las encuestas apuntan a que una coalición del miedo lo derrotaría.

El problema de Humala es que ya no es novedad. Lo segundo es que parece no tener una idea clara de hasta dónde debe llegar el cambio antes de convertirse en anarquía.

Lo tercero es que sus asesores -consideren este plural como una cortesía porque es Tapia quien cumple ese papel- le hacen decir cosas raras, como aquella de que en el Vrae sólo hay narcotráfico, y le hacen creer que la virtud está siempre en el terreno de la exageración –cuando no de la caricatura maniquea-. Eso explica por qué Humala considera toda moderación como una ofensa.

Por último, a sus carencias como personaje se suma el hecho de que Humala no ofrece una salida viable, una transición ordenada hacia los cambios cualitativos que se imponen. La idea del desborde le queda cerca. La cola de una turbamulta saqueadora lo persigue.

En cuanto a Arana y Simon, pues se trata de auténticos nonatos, de modo que cualquier pronóstico resultaría tan precoz como lo son sus campañas.

Arana, sin embargo, no es el iluminado y multitudinario arzobispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero. Y Simon tiene, políticamente hablando, el aspecto de una libra de plastelina puesta sobre una torta de gelatina color fresa.

En relación al Apra, todo depende de los petroaudios. Si Jorge del Castillo sale judicialmente chamuscado pero no incinerado de sus proximidades con Canaán –que son, de por sí, un golpe muy duro a su reputación-, se perfilaría como el único candidato de peso en el partido gobernante.

¿Le permitirá García esa candidatura? Está por verse. Y de darse, ¿llegaría a ser importante?

Hay mucho pan que rebanar, pero lo cierto es que Del Castillo, en todo caso, está en el campo del centro-derecha y podría ofrecerse como una suerte de “continuidad con algunos ajustes” –un libreto que será el marco programático de todos los candidatos de ese campo-.

¿Surgirá alguien que encarne la seriedad, la decencia y la valentía para reformular parte del modelo actual y lograr esto con la mayor de las anuencias y sin producir una hecatombe económica?

Siempre es posible un milagro. Mientras tanto, y por ahora, resignémonos a que las derechas continúen en el poder. Las izquierdas se lo han buscado.

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